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Humanidades
Mientras deseo, soy consumido
por Cristina Consuegra
Lo inaudito de la arquitectura que sustenta la cuarta revolución industrial, tan sostenida por la caudalosa corriente del canon tecnológico, guarda relación con el poder transformador de su agenda, coordenadas que, además de modificar el paisaje económico, cultural, político y social —cuestión vinculada a todo proceso histórico de esta índole—, por vez primera, están transformando la naturaleza de lo humano, tanto en lo identitario como en lo subjetivo, con el fin de hacer imperar la lógica del mercado, es decir, con el fin de convertir la plenitud de lo humano en cifras, mercancía y piezas rápidamente sustituibles. Para lograr este horizonte es fundamental cambiar el suelo relacional, modificar el orden amoroso y convertir el deseo propio en un deseo dopado y de carácter perpetuo e insaciable. Mientras deseo, soy consumido.
Al canon tecnológico le urge modificar las lógicas relacionales que solicitan de lo presencial y lo físico y sustituirlas por las lógicas de la otrofagia.
Dicho de una manera más ruda: de no modificar nuestra participación en el ecosistema digital, lo humano no tendrá cabida frente a la supremacía implacable del mercado y las personas terminaremos convertidas en seres invertebrados —como tan bien detalla en sus obras más recientes la pensadora Lola López Mondéjar—, en continua suspensión moral. Y cuando escribo “humano”, lo escribo con la mayor responsabilidad posible y apelando al significado más radical de la palabra. Lo humano es aquello indescifrable que se esconde en el peso de un abrazo, en la densidad de un beso y en la trascendencia de una caricia. Lo humano es el misterio que aguarda en quien decide sostener en la caída, permanecer en la enfermedad y cuidar más allá del cansancio que todo inunda. En quien decide persistir en lo humano a pesar de la barbarie. Este racimo de acciones preñadas de belleza requiere y solicita de un cuerpo. De lo físico y presencial. De aquello que no tiene una traducción en cifras, aquello que no puede tener un precio. Por eso, al canon tecnológico le urge modificar las lógicas relacionales que solicitan de lo presencial y lo físico y sustituirlas por las lógicas de la otrofagia, modelo basado en el consumo de otros y de emociones que tan bien dirigido está por los algoritmos de las aplicaciones de citas y de las redes sociales.
Para la pervivencia de la otrofagia las personas deben atender dos cuestiones que atraviesan nuestra naturaleza conocida y la hacen saltar por los aires: una solicitud de escucha y atención permanente del deseo propio y el consumo de personas a través de relaciones de baja intensidad, efímeras y simuladas. Parte de esas narrativas del deseo ya estaban presentes en la arquitectura de algunos videojuegos. Sin embargo, su aumento es exponencial. Primero, con la llegada de las redes sociales y, después, con la creación y fomento de vínculos virtuales y el desarrollo de aplicaciones de citas —plataformas de marcado carácter otrofágico. En este tipo de plataformas, esas narrativas no solo amplían su marco, sino que ven amplificado su repercusión por el actual contexto social, cultural y económico.
Ahora bien, no todo está perdido, o no todo debe estarlo. Hay que (re)habitar esa geografía de esperanza y reclamar una convivencia tecnológica que ponga en el centro de su transformación a las personas. Reclamo que ha de contar con nuestra complicidad crítica y participación activa en el siempre complejo campo relacional. Debemos volver a considerar lo humano profundamente valioso en lo humano y eso pasa, de manera irremediable, por considerar al otro una persona que puede verse afectada por mi comportamiento en las redes sociales y en las aplicaciones de citas.
Una sociedad que se debilita por el crecimiento del aislamiento social de sus ciudadanos y por la fragilidad de los vínculos entre ellos, es una sociedad con menos músculo político.
Conocemos el diagnóstico. Ahora toca asumir la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene en este tablero que tanto rédito le está proporcionando a unos pocos. El actual paradigma está modificando las sociedades contemporáneas a través de uno de sus ejes vertebradores: las relaciones entre las personas que las componen. Una sociedad que se debilita por el crecimiento del aislamiento social de sus ciudadanos y por la fragilidad de los vínculos entre ellos, es una sociedad más fácilmente manipulable y controlable, con menos músculo político. Pretender que los modos de relacionarnos entre nosotros no tienen una traducción política es estrechar la complejidad de la realidad. Ser consciente de lo común es lo que nos ha traído hasta aquí. El sentido de pertenencia a la comunidad y los vínculos indispensables que deben generarse en ella, basados en el afecto y en el respeto, miden la salud política de toda sociedad independientemente de su tamaño y procedencia. Y me temo que también miden su futuro.
Todo ha sido rápido, sobrevenido e impuesto. Tanto que ni siquiera existen las palabras suficientes para nombrar ese todo, palabras todavía no verbalizadas que nombran realidades exhaustas para lo común. Nadie ha explicado, nadie ha pedido explicaciones. Nos hemos visto inmersos, desde la aparición de la pandemia, en un profundo cambio de paradigma que ha puesto en el centro de esta transformación a la máquina impulsando, por ello y para ello, un sinfín de procesos deshumanizadores que han solicitado del empleo de las redes sociales y aplicaciones de citas para lograr asentarse en lo cotidiano, modificar relaciones y todo tipo de afecto.
Vínculos líquidos y suspensión moral
Para lograr con máxima eficacia y celeridad las distintas exigencias del tecnocapitalismo, la naturaleza humana ha de verse modificada a través de los vínculos que entablamos y de las relaciones que, otrora, exigían presencialidad y un cuerpo físico para que tuvieran sentido. Este nuevo paradigma relacional basa toda su fortaleza en vínculos líquidos, frágiles, carentes de responsabilidad hacia el otro y continuamente preocupados por atender el deseo propio. Se trata del mismo deseo dopado que surge de la participación en redes sociales y que, bien frontal o subliminalmente, nos hace creer que debemos desear —en primer lugar— y lograr tener —en segundo— todo aquello que contemplamos en la vida pantalla.
Este nuevo paradigma relacional basa toda su fortaleza en vínculos líquidos, frágiles, carentes de responsabilidad hacia el otro y continuamente preocupados por atender el deseo propio.
Esta conversión de la totalidad de lo humano en una cuestión económica, además de producir distintos malestares —solo hay que observar las cifras de población con problemas de salud mental en las sociedades tecnocapitalistas—, desestabiliza el centro de gravedad de toda sociedad que sea garante de lo común. El plan es perfecto. Precipitamos a las sociedades en una transformación digital que nadie explica o que se explica mal. Modificamos el orden relacional debido al desánimo de la población, orden que deriva en un potente aislamiento social centrado en el omnivínculo y en las vidas pantalla. Por vez primera podemos obtener beneficios de las emociones humanas. Manipulamos la regulación de sustancias químicas en nuestros cuerpos para mantenernos más tiempo frente a la pantalla con el fin de satisfacer un deseo dopado, lograr ese amor tinderizado u obtener sexo rápido porque siempre hay otro cuerpo que espera en la pantalla de al lado. Este escenario solicita de una suspensión moral en la que hemos ido adentrándonos como Alicia en la madriguera. Y, mientras, nuestras vidas discurren entre likes y ‘matches’. Las vidas se vuelven menos vidas y el nosotros menos nosotros. Y aquello que consideramos que no ha de afectar a la construcción y fortalecimiento de un ente mayor, la sociedad, no sólo le afecta sino que determina la generación de una nueva sociedad frágil en el ejercicio de las libertades y conquistas sociales.
Información sobre la articulista
Cristina Consuegra es gestora y comisaria cultural. En 2023, es elegida por Forbes entre los 100 profesionales más creativos. Responsable de la programación expandida de Festival de Málaga (Málaga de Festival), y responsable de Neópolis sección sobre Ciencia, Tecnología y Arte de Festival de Málaga. Tiene una sección sobre cultura contemporánea en Canal Sur Radio. Colabora con medios nacionales como Jot Down y La Vanguardia.